Comprender las primeras manifestaciones musicales afroamericanas no es una búsqueda arqueológica ni una curiosidad etnográfica. Es descender a la base estructural del jazz. Antes de la síncopa urbana, antes del blues formalizado y mucho antes de la expansión armónica del bebop, ya existía una organización sonora que articulaba memoria africana, experiencia esclavista y transformación cultural en territorio estadounidense.

Detenernos en estos registros no implica retroceder en el tiempo: significa comprender la arquitectura profunda que sostiene al jazz hasta hoy.

En esta columna propongo escuchar tres expresiones fundamentales que funcionan como estratos de una misma matriz cultural: el ring shout “Daniel”, el spiritual de concierto “Dere’s No Hidin’ Place Down Dere” y el field call “Field Hands’ Call”. No son simplemente tres canciones; son tres modos de organizar la experiencia colectiva e individual a través del sonido.

El círculo como estructura: “Daniel” y la lógica del ring shout

La versión de “Daniel” interpretada por los Georgia Sea Island Singers y registrada por Alan Lomax en 1960 nos sitúa en las Sea Islands, territorio donde la cultura Gullah conservó durante décadas prácticas con fuerte impronta africana.

El ring shout no es un canto aislado: es un dispositivo comunitario. Movimiento circular, percusión corporal y alternancia vocal constituyen una unidad indivisible. Allí, el cuerpo y la voz funcionan como un solo instrumento colectivo.

Desde el punto de vista musical emergen principios estructurales que más tarde resultarán decisivos para el jazz: el llamado y respuesta como eje organizador, la textura responsorial que articula líder y comunidad, la acentuación sincopada producida con palmas y desplazamientos corporales, la repetición intensiva como mecanismo de intensificación emocional y la aproximación a una tríada mayor como señal del contacto con el sistema tonal europeo.

Aquí la forma no progresa por desarrollo temático, sino por acumulación energética. La coherencia no es narrativa sino cíclica. Esa lógica circular —más cercana al ritual que al concierto— anticipa dinámicas que reaparecerán en el blues de doce compases y, más tarde, en la improvisación modal.

Para escuchar una versión de campo cercana al estilo analizado, puede consultarse la grabación histórica disponible en YouTube bajo el título “Daniel / Daniel in the Lion’s Den – Georgia Sea Island Singers (Alan Lomax, 1960)”.

Del círculo al escenario: Marian Anderson y la institucionalización del spiritual

Con la interpretación de “Dere’s No Hidin’ Place Down Dere” por Marian Anderson ingresamos en otro territorio estético. El repertorio sigue siendo un spiritual tradicional, pero su tratamiento responde a parámetros de la tradición académica occidental.

Aparecen aquí el acompañamiento pianístico con progresiones tonales claras, la estructura estrófica estable, la emisión vocal lírica con control del vibrato y una expansión expresiva que culmina en un rubato final cuidadosamente construido.

Sin embargo, la raíz afroamericana no desaparece. Persisten el dialecto, ciertas inflexiones cercanas al habla y ecos del patrón responsorial.

El desplazamiento es profundo. El spiritual abandona el espacio circular comunitario y se instala en el escenario de concierto. Lo que antes era experiencia ritual compartida se convierte en obra interpretada bajo criterios formales occidentales. La tradición no se diluye: se recontextualiza.

Existen registros audiovisuales históricos de esta interpretación que pueden localizarse en plataformas digitales especializadas o mediante búsqueda directa en YouTube bajo el título “Marian Anderson – Dere’s No Hidin’ Place Down Dere”, aunque algunos enlaces pueden presentar restricciones regionales.

La voz sola: “Field Hands’ Call” y el germen del blues

El registro de “Field Hands’ Call”, asociado a Annie Grace Horn Dodson y preservado a mediados del siglo XX como tradición del siglo XIX, nos acerca a un momento decisivo.

Aquí no hay coro ni acompañamiento instrumental. La voz se sostiene en soledad. La experiencia sonora se vuelve íntima.

Sus rasgos son reveladores: monodia solista, llamado y respuesta interno dentro de la misma frase, flexibilidad rítmica extrema, oscilación entre tercera mayor y menor y expansión ornamental al final de las líneas.

En esa ambigüedad tonal —esa tensión entre mayor y menor— se insinúa la blue note. En el fraseo libre aparece la semilla de la improvisación. En la intensidad subjetiva se anuncia el blues.

Si el ring shout es comunidad y el spiritual de concierto representa institucionalización estética, el field call marca el momento de interiorización. La experiencia colectiva comienza a transformarse en expresión individual organizada musicalmente.

Puede escucharse un registro representativo buscando en YouTube “Field Call – Annie Grace Horn Dodson”.

Tres momentos una revelación

Observados en conjunto, estos registros revelan un proceso estructural: memoria africana organizada comunitariamente, adaptación tonal e institucionalización, e interiorización expresiva que dará origen al blues.

El jazz no surge como ruptura abrupta, sino como sedimentación. Hereda el diálogo responsorial, la síncopa corporal, la repetición intensificadora, la ambigüedad tonal y la tensión permanente entre colectividad e individualidad.

Escuchar estos cantos no es un gesto nostálgico. Es reconocer la arquitectura invisible que aún sostiene al jazz. En cada improvisación contemporánea resuena, de algún modo, el eco de aquel círculo rítmico, de aquella voz solitaria en el campo y de aquella interpretación que trasladó la tradición al gran escenario.

Comprender las raíces es comprender el presente. Por Marcelo Bettoni

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