
Durante décadas, la ciudad de Nueva York funcionó como una suerte de examen final para cualquier músico de jazz. No bastaba con brillar en la escena local: había que probarse en el territorio donde la competencia era feroz y la tradición pesaba. Como solía decir Coleman Hawkins, poco importaba cuán bien sonara alguien en su ciudad natal; al llegar a Nueva York, todo parecía distinto, casi extraño. La ciudad afinaba —o desnudaba— a los músicos.
En ese contexto exigente irrumpió, a fines del verano de 1960, un guitarrista proveniente de St. Louis: Grant Green. En pocos meses consiguió un contrato con Blue Note Records, y tanto colegas como críticos coincidieron en reconocer su talento. No era habitual que un recién llegado generara semejante consenso.
Green se mostraba entusiasmado con la ciudad. Después de años en la ruta, valoraba la posibilidad de asentarse en un lugar donde el jazz se respiraba en cada esquina. Por entonces actuaba en clubes de Harlem junto al trío de órgano de Gloria Coleman. Lejos de compartir los prejuicios que algunos tenían hacia el órgano, defendía la combinación con guitarra por su densidad y riqueza tímbrica. Sin embargo, confesaba que su formato predilecto era el trío de guitarra, contrabajo y batería: allí, decía, el espacio quedaba más abierto, menos saturado, y la improvisación podía expandirse con mayor libertad.
Lo primero que llamaba la atención en su manera de tocar era la serenidad. Sentado, con los ojos cerrados, parecía abstraído del bullicio del club. Su estilo, centrado en la línea de una sola nota, remitía directamente a la herencia de Charlie Christian. El sonido era redondo y vocal; la frase, clara y lógica. En los blues rápidos desplegaba uno de sus recursos característicos: la reiteración de una célula melódica con leves desplazamientos rítmicos, generando tensión y variación sin perder cohesión. En las baladas, en cambio, mostraba una sensibilidad refinada: podía exponer la melodía con respeto y, al mismo tiempo, imprimirle una identidad propia.
Aunque guitarrista, no se limitaba a escuchar colegas de su instrumento. Admiraba profundamente a Charlie Parker, cuya influencia marcó su concepción del fraseo. Entre los guitarristas, valoraba la inventiva de Jimmy Raney y el lirismo de Kenny Burrell, sin dejar de reconocer que nadie podía eludir la sombra fundacional de Christian.
Su historia musical había comenzado temprano: ya tocaba en la escuela primaria y a los trece años trabajaba profesionalmente. Pasó por el boogie-woogie y el rock and roll antes de consolidarse en el jazz. Para él, todo formaba parte de una misma raíz: el blues. Esa experiencia diversa no era un desvío sino una herramienta. Un músico —sostenía— debía estar preparado para responder a cualquier situación musical.
No todo, sin embargo, era entusiasmo. Green percibía que el espíritu de camaradería que había conocido en su ciudad natal se debilitaba en Nueva York. Extrañaba las reuniones informales, las jam sessions desinteresadas. Sospechaba que la sobreoferta de músicos y la escasez de trabajo generaban recelos. También le preocupaba la falta de reconocimiento institucional del jazz —se preguntaba por qué espacios culturales emblemáticos como Lincoln Center for the Performing Arts no otorgaban al género un lugar acorde a su importancia— y las dificultades para encontrar una vivienda digna donde instalar a su familia.
Aun así, esas tensiones no se filtraban en su música. Su manera de tocar carecía de resentimiento; era fluida, cálida, concentrada en el sonido y en la construcción melódica. Más que deslumbrar con artificios, parecía buscar la belleza en la economía de recursos y en la solidez del groove.
Entre sus aspiraciones figuraba un proyecto que sorprendía a quienes lo asociaban exclusivamente con el blues: grabar con cuerdas. El deseo de dialogar con violines y ampliar la paleta sonora revelaba una veta lírica profunda, en sintonía con una tradición que incluso Parker había explorado en sus grabaciones con arreglos orquestales.
Cada año, numerosos músicos llegaban a Nueva York con la esperanza de consolidarse. Algunos regresaban a sus lugares de origen; otros se perdían en el anonimato. Unos pocos lograban afirmarse. Por su sonido expansivo, su naturalidad y su genuino placer al tocar, Grant Green parecía destinado a integrar este último grupo: aquellos que no solo superan la prueba de la ciudad, sino que terminan inscribiendo su voz en la historia del jazz.