En la Norteamérica colonial, la sociedad construyó un mapa de identidades donde la sangre definía destinos y derechos. La terminología racial que utilizaremos en este análisis refleja cómo se concebía y estructuraba la sociedad en aquel período: no es un juicio contemporáneo, sino una descripción histórica de categorías que regulaban derechos, oportunidades y exclusión. Mientras en América Latina la mezcla racial generaba un complejo mosaico de castas —mulatos, moriscos, albinos—, en las colonias británicas la llamada “Regla de una gota” (One-Drop Rule) imponía un criterio implacable: bastaba con un solo antepasado africano para ser considerado negro, con todas las restricciones legales y sociales que ello implicaba. La mezcla no se celebraba, se controlaba.

Dentro de esta aparente rigidez existían matices que la gente cotidiana y la ley empezaban a reconocer. La terminología reflejaba no solo la proporción de sangre africana, sino también la posición social que cada categoría podía ocupar:

Negro: el corazón del sistema. Persona de ascendencia africana completa, base de la discriminación legal y social.

Mulatto (Mulato): hijo de un progenitor blanco y otro negro. Socialmente podía percibirse como más “apto” o “educable” que un negro puro, pero jurídicamente seguía sujeto a las mismas limitaciones.

Quadroon (Cuarterón): con un abuelo negro y tres blancos, podía ocupar tareas domésticas antes que trabajos agrícolas forzados. La piel más clara abría puertas que la ley negra cerraba.

Octoroon (Octavón): un bisabuelo negro bastaba para clasificarlo como “no blanco”, aunque su aspecto muchas veces lo hiciera indistinguible de los blancos. De aquí surgió el fenómeno del passing, donde individuos podían “pasar por blancos” para escapar de la discriminación o la esclavitud.

Mustee: mezcla de africanos y nativos americanos. En algunos tratados inicialescontaban como un grupo distinto, pero la expansión del sistema de plantaciones los reclasificó como negros, borrando derechos que podrían haber tenido como indígenas.

Todo esto se sostenía sobre un principio legal brutal: Partus sequitur ventrem (Virginia, 1662). El estatus de un hijo seguía al de la madre; así, incluso si el padre era blanco, el niño de una mujer esclava nacía esclavo. La biología se convirtió en una herramienta económica, la reproducción en un mecanismo de control racial.

A diferencia de la movilidad relativa de los sistemas coloniales hispánicos, en Norteamérica la mezcla racial se midió con una matemática estricta, no para reconocer diversidad, sino para consolidar jerarquías y segregación. Las categorías de mulato, cuarterón u octorón no solo describían grados de ascendencia africana, sino que también proyectaban un futuro social: roles, oportunidades y la perpetuación de la exclusión.

Hoy, estas distinciones parecen antiguas, casi fantasmales, pero sus ecos siguen presentes en la construcción de identidades afroamericanas, afro-latinas y multirraciales. Comprenderlas no es solo un ejercicio académico; es desentrañar la huella de un pasado que aún modela percepciones, derechos y vidas en el tejido social de Estados Unidos. Por Marcelo Bettoni

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