
A comienzos del siglo XIX, las ciudades del Norte de Estados Unidos albergaban comunidades negras libres que habían logrado cierta estabilidad económica y social. En este contexto, la música ocupaba un lugar central en la vida cotidiana y en la formación cultural de estas familias. Los afroamericanos de clase media, al igual que sus vecinos blancos, dedicaban tiempo y recursos a educar a sus hijos en las artes: piano, canto, pintura y literatura eran habilidades esperadas, y los salones de las casas se llenaban de veladas musicales y reuniones culturales.
El gusto musical de estas familias reflejaba las tendencias de la sociedad blanca de la época: piezas de salón, baladas sentimentales y composiciones que privilegiaban la elegancia y la forma por sobre la complejidad. Sin embargo, este interés por la música no era superficial: el aprendizaje de un instrumento o el dominio del canto requería disciplina y ofrecía oportunidades de socialización, debate y desarrollo personal. La música, más que un entretenimiento, se convirtió en un símbolo de educación, estatus y aspiración.
La iglesia desempeñó un papel decisivo en la vida musical urbana. Las congregaciones negras no solo organizaban servicios religiosos, sino que también promovían escuelas de canto, conciertos de música sacra y actividades educativas que fortalecían la cohesión comunitaria. La expansión de iglesias negras en ciudades como Filadelfia y Nueva York multiplicó los espacios donde la música podía ser practicada, escuchada y compartida, convirtiéndose en un vínculo cultural y espiritual de primer orden.
Los periódicos de la época también contribuyeron a la difusión musical. Publicaciones como Freedom’s Journal, The Colored American o The North Star difundían información sobre conciertos, recitales y escuelas de música, conectando comunidades dispersas y promoviendo la actividad artística. Este ecosistema permitió que algunos músicos negros pudieran vivir de su arte, aunque también coexistieran con quienes combinaban la música con otros oficios: barberos, zapateros o artesanos que, al igual que muchos compositores blancos autodidactas, cultivaban sus habilidades musicales de manera paralela a sus trabajos cotidianos.
En suma, la música en las comunidades negras urbanas del Norte no solo era entretenimiento: era un medio de educación, un vehículo de prestigio social y un espacio de cohesión comunitaria. Aunque las oportunidades profesionales eran limitadas, la dedicación a la música permitió a muchos afroamericanos acceder a formas de expresión y reconocimiento que trascendían las restricciones legales y sociales de la época, dejando un legado que influiría en la música estadounidense durante generaciones. Por Marcelo Bettoni