
Hay historias en el jazz que no pueden narrarse desde la cronología ni desde el dato discográfico. Exigen otro registro, una escucha distinta. La relación entre John Coltrane y Alice Coltrane pertenece a esa zona donde la música deja de ser estilo o lenguaje para convertirse en práctica espiritual, en disciplina interior, en una forma de conocimiento.
Cuando se encontraron en 1963, John atravesaba una transformación decisiva. Había dejado atrás el abismo de las adicciones y se encontraba inmerso en una búsqueda que desbordaba lo musical: estudios de filosofías orientales, lecturas místicas, una necesidad urgente de comprender el sonido como vehículo de trascendencia. Alice, pianista ya formada y dueña de una sensibilidad singular, no fue simplemente una compañera artística: fue una aliada espiritual en ese proceso.
Alice lo recordaría siempre con una mezcla de amor y reverencia. Decía que John buscaba la conciencia universal a través de la música, convencido de que el sonido podía ser una fuerza de sanación, una energía capaz de elevar a quien toca y a quien escucha. Su práctica diaria no consistía solo en perfeccionar técnica o vocabulario armónico: era lo que ella llamaba “meditación tonal”. Cada nota, una plegaria; cada sesión, un acto devocional.
Esa concepción se volvió música concreta cuando Alice se integró al grupo de Coltrane en 1965, ocupando el lugar que había dejado McCoy Tyner. Su llegada no implicó una ruptura, sino una expansión. Su manera de entender la armonía, cada vez más modal, abierta y flotante, dialogaba con naturalidad con la dirección que John estaba tomando: una música que ya no quería describir el mundo, sino trascenderlo.
No ensayaban como una banda convencional. Practicaban durante horas, pero ese tiempo no estaba orientado a pulir repertorio sino a habitar el sonido. La música se volvía espacio compartido de contemplación. Alice comprendía intuitivamente lo que John buscaba: no libertad formal por sí misma, sino un estado de éxtasis espiritual alcanzado a través del sonido.
Los registros finales de Coltrane llevan la huella de esa comunión. Allí aparece con claridad la influencia de Alice, su relación con la música clásica india, su apertura a concepciones armónicas que no obedecen a la tensión-resolución tradicional, sino a la idea de flujo continuo. Cuando John murió en 1967, Alice tenía 29 años, cuatro hijos y una herencia que no era sólo musical: era una visión.
Lo que siguió no fue un epílogo, sino una metamorfosis. Alice atravesó una crisis espiritual profunda y encontró sostén en las enseñanzas de Swami Satchidananda, de quien se volvió discípula. A partir de 1968 comenzó a grabar para Impulse! sus propios discos, inaugurando uno de los corpus más singulares del jazz del siglo XX. A Monastic Trio, Huntington Ashram Monastery, Ptah, the El Daoud y Journey in Satchidananda no son simples álbumes: son mapas sonoros de una búsqueda interior.
El uso del arpa, del órgano, de las cuerdas, la expansión formal y la disolución de fronteras entre jazz, música india y tradición occidental no respondían a un gesto experimental, sino a una necesidad espiritual. Alice hablaba de “música de las esferas”, de sonido como ofrenda. Ya no se trataba de improvisar, sino de canalizar.
En los años setenta, con obras como Universal Consciousness y World Galaxy, su música se volvió aún más devocional. El jazz, tal como había sido entendido históricamente, quedaba atrás. En su lugar surgían entornos sonoros pensados para la meditación, para la elevación de la conciencia. Alice ya no se concebía como intérprete, sino como instrumento de una energía superior.
En 1975 asumió definitivamente ese camino al convertirse en Swamini Turiyasangitananda y fundar un centro vedántico en California. Se retiró casi por completo del circuito comercial y dedicó su vida a la práctica espiritual, a su comunidad y a una producción musical privada, destinada al culto y la contemplación. Esas grabaciones —realizadas entre 1982 y 1995— recién verían la luz en 2017 bajo el título The Ecstatic Music of Alice Coltrane Turiyasangitananda, revelando una dimensión aún más íntima de su obra.
Para comprender esa etapa, resulta fundamental escucharla a ella misma. En una entrevista televisiva de 1970, Alice habla con serenidad y claridad sobre la música, la espiritualidad y el sentido de su búsqueda. No teoriza: habla desde la experiencia. Ese registro está disponible en el documental Black Journal: Alice Coltrane, accesible en YouTube:
https://www.youtube.com/watch?v=4GYJ5SOXuC4
En los años noventa y dos mil, una nueva generación redescubrió su obra y entendió que aquellas grabaciones no eran anomalías, sino anticipaciones. Alice volvió a aparecer en escena de manera ocasional, siempre fiel a su enfoque espiritual, siempre honrando la memoria de John sin quedar atrapada en ella.
La vida de Alice Coltrane después de John no fue la administración de un legado, sino su expansión. Lo que habían comenzado juntos —la idea de la música como vía de conocimiento y de elevación— continuó, se profundizó y tomó formas inesperadas. Su recorrido demuestra que aquella búsqueda no estaba cerrada, que no tenía un punto final.
“Mi música es para la gloria de Dios y la elevación de la humanidad”, dijo alguna vez. En esa frase se condensa no sólo su obra, sino también una forma posible de pensar el jazz: no como estilo ni como tradición fija, sino como acto espiritual en movimiento.
Por Marcelo Bettoni