En 1928, crecer siendo niño afroamericano en Memphis, Tennessee, significaba habitar un mundo organizado desde el nacimiento por la segregación racial. La ciudad había cambiado profundamente a partir de la Gran Migración: cerca del cuarenta por ciento de su población era negra, proveniente en su mayoría de zonas rurales del sur, y había dado forma a comunidades urbanas con identidad propia. Barrios como Orange Mound —uno de los primeros suburbios afroamericanos autogestionados— concentraban familias trabajadoras y una incipiente clase media compuesta por docentes, comerciantes y profesionales. Beale Street, por su parte, funcionaba como un eje cultural y económico: allí convivían iglesias, negocios, clubes y una intensa vida musical donde el blues encontraba su voz cotidiana.

La infancia, sin embargo, estaba atravesada por una desigualdad estructural difícil de eludir. Los niños negros asistían a escuelas segregadas que recibían muchos menos recursos que las instituciones destinadas a la población blanca. Edificios deteriorados, aulas superpobladas, materiales obsoletos y calendarios escolares más breves eran parte de la experiencia habitual, especialmente porque muchos chicos debían interrumpir sus estudios para colaborar con trabajos agrícolas o familiares. Aunque la educación era vista por las familias afroamericanas como una herramienta clave para mejorar las condiciones de vida, el sistema imponía límites severos. Iniciativas filantrópicas como las escuelas Rosenwald ofrecieron cierto alivio en áreas periféricas, pero no lograron revertir la desigualdad de fondo.

La segregación se hacía sentir en cada aspecto de la vida diaria: fuentes de agua, accesos a edificios, salas de cine y medios de transporte estaban estrictamente separados, y cualquier cruce de fronteras raciales podía tener consecuencias graves. A esto se sumaba un clima constante de intimidación, sostenido por la amenaza de la violencia racial y los linchamientos, que operaban como mecanismo de control social. La mayoría de las familias sobrevivía con empleos mal remunerados —en desmotadoras de algodón, tareas domésticas o trabajos urbanos precarios—, lo que reforzaba un entorno de carencias materiales.

Frente a ese escenario, la comunidad ofrecía contención y sentido. La familia extensa y, sobre todo, la iglesia cumplían un rol central como espacios de cuidado, aprendizaje y afirmación colectiva. Allí se transmitían valores, se compartían saberes y se cultivaba una identidad que resistía al orden impuesto. Y aun en medio de la adversidad, la infancia no estaba desprovista de momentos de alegría: los juegos en la calle, las reuniones familiares y la música que se filtraba desde Beale Street formaban parte de un paisaje sonoro y afectivo que acompañaba el crecimiento. Así, la niñez afroamericana en el Memphis de fines de los años veinte quedó marcada por una tensión permanente entre la injusticia estructural y la vitalidad de una comunidad que, incluso bajo condiciones de opresión, supo construir espacios de dignidad, creatividad y esperanza.

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