Aunque hoy resulte difícil de conciliar con el carácter racializado del minstrel show, desde sus primeras etapas existió una participación limitada pero significativa de artistas negros en el Ethiopian minstrelsy. Esta presencia temprana revela una tensión estructural del siglo XIX estadounidense: una sociedad que negaba derechos civiles a la población afroamericana mientras incorporaba —y reconfiguraba— sus prácticas musicales y corporales como parte del naciente entretenimiento urbano.

En ciudades como Nueva Orleans, músicos como Signor Cornmeali o John “Picayune” Butler desarrollaron su actividad en espacios públicos atravesados por la esclavitud tardía, la segregación y la economía del espectáculo. Sus canciones, giros melódicos y recursos rítmicos fueron observados y absorbidos por intérpretes blancos, que los adaptaron a formatos escénicos y a los gustos del público dominante. Este mecanismo de apropiación, mediación y circulación anticipa un patrón que reaparecerá una y otra vez en la historia del jazz.

La figura de William Henry Lane, conocido como Master Juba, ocupa un lugar clave en este proceso. Único artista negro integrado a las grandes compañías de minstrelsy, Juba funcionó como un eslabón entre las tradiciones dancísticas afroamericanas y su traducción escénica. Su dominio rítmico, celebrado incluso por observadores europeos, preservó elementos esenciales de la corporalidad africana —acentuación, desplazamiento, síncopa— en un contexto que tendía a fijarlos en la caricatura.

Las canciones y danzas del minstrel show circularon también entre la población negra, generando un movimiento de ida y vuelta. Materiales inspirados en la experiencia esclava, transformados para el consumo blanco, regresaron al ámbito popular resignificados por la práctica cotidiana. En ese tránsito se consolidaron procedimientos rítmicos y formales —la repetición, el énfasis en el pulso, la relación entre música y movimiento— que más tarde encontrarán una elaboración más compleja en el ragtime y, posteriormente, en el jazz temprano.

Así, antes de la emergencia del jazz como lenguaje autónomo, el minstrel show operó como un espacio contradictorio de visibilidad y distorsión. Si bien contribuyó a fijar estereotipos raciales duraderos, también permitió que ciertos elementos del vocabulario musical afroamericano circularan a gran escala. El ragtime heredará de este entramado tanto su dimensión rítmica como su inserción en la cultura urbana moderna; el jazz, a su vez, reelaborará esos materiales desde una lógica más abierta, colectiva e improvisada, desplazando progresivamente la caricatura hacia una afirmación expresiva propia. Por Marcelo Betttoni

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