
En la historia del jazz, no todo avanza por la vía del progreso lineal ni de la innovación entendida como ruptura. Existen también figuras cuya relevancia reside en la persistencia, en la decisión consciente de sostener un lenguaje cuando el clima de época parece empujarlo hacia los márgenes. En Nueva Orleans, durante las décadas centrales del siglo XX, Sharkey Bonano encarnó con claridad esa forma particular de resistencia estética.
Bonano —trompetista formado en el ecosistema sonoro local— fue uno de los protagonistas del llamado revival del jazz tradicional, un movimiento que no debe leerse como simple nostalgia ni como ejercicio arqueológico. Su proyecto con los Kings of Dixieland no buscó reconstruir un pasado congelado, sino reafirmar la vigencia de una música concebida, desde sus orígenes, como práctica colectiva, funcional y comunitaria.
El formato instrumental de la banda —trompeta, clarinete, trombón, banjo, piano, contrabajo y batería— remite al esquema clásico del jazz de Nueva Orleans. Pero lo verdaderamente significativo no es la disposición instrumental, sino el modo de interacción: la primacía del contrapunto colectivo, la coexistencia de voces que se superponen sin jerarquías rígidas, la renuncia deliberada al protagonismo solista prolongado. En ese sentido, Bonano se sitúa más cerca de la lógica expresiva asociada a King Oliver que del modelo armstrongiano que consolidó la figura del solista moderno.
Su trompeta —directa, robusta, poco interesada en la ornamentación virtuosa— rehúye la expansión armónica y la sofisticación formal que dominarían el jazz de posguerra. No se trata de una limitación técnica, sino de una posición estética. Frente al swing estandarizado y, más tarde, al bebop, Bonano sostuvo la idea de que el jazz podía seguir siendo una música de participación social antes que un discurso autorreferencial.
El revival del jazz tradicional en Nueva Orleans, del cual Bonano fue una figura emblemática, estuvo profundamente ligado al trabajo de historiadores, coleccionistas y mediadores culturales como Al Rose. No es casual que los Kings of Dixieland ocupen un lugar destacado en su colección: en ellos se condensaba una concepción del jazz como memoria activa, no como objeto museístico. La música no debía conservarse solo en discos y archivos, sino seguir sonando en clubes, festivales y espacios cotidianos.
La figura de Sharkey Bonano invita a pensar el género desde otra perspectiva: la del tiempo largo, la de las continuidades subterráneas, la de las tradiciones que no se extinguen, sino que se adaptan sin renunciar a su identidad. Su legado no radica en haber cambiado el rumbo del jazz, sino en haber demostrado que, incluso en medio de la modernidad, el jazz podía seguir siendo un lenguaje compartido, anclado en la experiencia colectiva y en la historia viva de una ciudad.