
Pocas figuras resultan tan difíciles de encasillar —y al mismo tiempo tan coherentes— como Anthony Braxton. Saxofonista, clarinetista, flautista, compositor, teórico y pedagogo, Braxton no solo amplió los límites del lenguaje jazzístico, sino que propuso una manera distinta de pensar la música como sistema, como proceso y como forma de conocimiento.
Nacido en Chicago en 1945, Braxton se formó en un contexto decisivo: el de la Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), colectivo fundado en 1965 por músicos afroamericanos interesados en desarrollar una música creativa, experimental y autónoma, al margen de las lógicas comerciales y de las etiquetas estilísticas. Allí, junto a figuras como Muhal Richard Abrams, Roscoe Mitchell o Henry Threadgill, Braxton encontró un espacio donde la composición, la improvisación, la investigación formal y la reflexión teórica formaban parte de un mismo impulso creativo.
Desde sus primeros trabajos, su música se caracterizó por una tensión productiva entre estructuras rigurosamente diseñadas y amplios márgenes de libertad interpretativa. En lugar de concebir la improvisación como un simple despliegue expresivo individual, Braxton la entendió como una práctica situada dentro de sistemas formales complejos, capaces de articular decisiones colectivas, elecciones instantáneas y relaciones dinámicas entre los músicos.
Uno de los rasgos más visibles de su obra es el uso de partituras no convencionales, que combinan notación tradicional, símbolos gráficos, diagramas y textos explicativos. Estas partituras no buscan fijar un resultado sonoro único, sino proponer un campo de posibilidades: indicaciones abiertas que cada intérprete debe activar desde su propia experiencia, su escucha y su capacidad de interacción con el grupo.
En ese sentido, Braxton se aparta deliberadamente de las dicotomías clásicas que han atravesado la historia de la música occidental: composición versus improvisación, música escrita versus música oral, jazz versus música académica. Su trabajo propone un territorio intermedio, donde estos polos dejan de excluirse y comienzan a dialogar como dimensiones complementarias de un mismo fenómeno musical.
A lo largo de las décadas, este enfoque se fue consolidando en distintos proyectos de gran escala. Uno de los más conocidos es la Ghost Trance Music, desarrollada a partir de mediados de los años noventa. Se trata de un sistema compositivo basado en líneas melódicas continuas que funcionan como eje estructural, sobre las cuales los músicos pueden desplazarse, superponer materiales, cambiar de pieza o activar distintas capas formales. El resultado no es una forma cerrada, sino una música en permanente transformación, donde la continuidad y la mutación conviven.
Otro aspecto central de su obra es la multiplicidad instrumental. Braxton no se limita al saxofón alto, instrumento con el que alcanzó reconocimiento temprano, sino que explora toda la familia de los saxofones, las clarinetes, la flauta y el piano. Esta diversidad no responde a un virtuosismo exhibicionista, sino a una concepción amplia del timbre como elemento estructural y narrativo dentro del discurso musical.
Desde una perspectiva histórica, la música de Braxton dialoga tanto con tradiciones afroamericanas —el blues, el jazz temprano, la improvisación colectiva— como con corrientes de la música contemporánea europea del siglo XX. Sin embargo, estas referencias no aparecen como citas estilísticas, sino como materiales integrados en un lenguaje propio, atravesado por una fuerte conciencia histórica y cultural.
Paralelamente a su labor como compositor e intérprete, Braxton desarrolló una intensa actividad pedagógica. Desde 1990 dicta clases en la Wesleyan University, donde ha formado a generaciones de músicos en composición, improvisación y análisis musical. Para él, la enseñanza no es una actividad separada de la creación, sino una extensión natural de su trabajo artístico: un espacio de transmisión, reflexión y construcción colectiva de conocimiento.
En esa misma línea se inscribe la Tri-Centric Foundation, creada como plataforma para difundir y profundizar sus investigaciones musicales. El concepto “tricéntrico” remite a la idea de superar oposiciones binarias y pensar la música desde modelos más flexibles, abiertos y relacionales. No se trata de un sistema cerrado, sino de un marco conceptual en constante revisión.
Lejos de toda postura dogmática, Braxton insiste en que su música no exige adhesión ideológica ni formación específica previa. Su propuesta se basa en la escucha activa, la interacción y la capacidad de los músicos para tomar decisiones significativas en tiempo real. En ese sentido, su obra funciona tanto como un desafío intelectual como una invitación a repensar el acto musical desde una perspectiva más amplia.
A casi siete décadas de vida y más de medio siglo de actividad creativa, Anthony Braxton continúa desarrollando una obra que no busca respuestas definitivas, sino nuevas preguntas. Su lugar en la historia del jazz no se define por la pertenencia a un estilo, sino por haber ampliado el campo mismo de lo posible, ofreciendo herramientas conceptuales y musicales para pensar el jazz —y la música en general— como un espacio de exploración, conocimiento y libertad. Por Marcelo Bettoni