En la intersección de 49th Street y Broadway, en pleno corazón de Midtown Manhattan, existió durante décadas un espacio donde la música no era solo un objeto de consumo, sino una forma de conocimiento compartido. Colony Records fue mucho más que una disquería: fue una institución cultural, un archivo vivo y un punto de encuentro para músicos, intérpretes, compositores y oyentes curiosos que entendían la música como lenguaje, oficio y tradición.

Fundada en 1948, Colony atravesó más de sesenta años de transformaciones profundas en la industria musical. Vio pasar el vinilo, el cassette, el CD y los primeros síntomas de la desmaterialización digital. Pero su identidad nunca estuvo definida únicamente por el formato, sino por algo más esencial: la música como práctica social. A diferencia de otras tiendas icónicas, Colony no se organizaba solo alrededor del disco, sino alrededor de la partitura, ese territorio donde la música deja de ser solo sonido para convertirse en estructura, posibilidad y memoria escrita.

Ubicada en el distrito teatral por excelencia, a pasos de Broadway y Times Square, la tienda se convirtió en una extensión natural del mundo del espectáculo. Actores, directores musicales, arregladores, cantantes y estudiantes entraban buscando una canción, una reducción para piano, un lead sheet olvidado o una versión alternativa de un estándar. La leyenda —repetida por generaciones— decía que bastaba tararear una melodía para que alguno de sus empleados encontrara la obra exacta. Más allá del mito, lo cierto es que en Colony sobrevivía una forma de saber musical hoy casi extinguida: el conocimiento enciclopédico encarnado en personas, no en algoritmos.

En los años setenta y ochenta, cuando Nueva York vivía entre la decadencia urbana y la efervescencia creativa, Colony era un refugio. Mientras el punk, el jazz de vanguardia, el musical de Broadway y el pop convivían en una ciudad fragmentada, la tienda funcionaba como un punto de cruce silencioso. Allí podían coincidir un pianista de jazz buscando un estándar poco transitado, un actor ensayando para una audición y un compositor revisando versiones históricas de un mismo tema. Esa convivencia no era casual: expresaba una idea amplia de la música, sin jerarquías rígidas entre lo popular, lo académico y lo comercial.

Colony Records también fue testigo de una forma de escucha hoy casi arqueológica: la escucha activa mediada por el papel. Leer música, comparar arreglos, estudiar modulaciones o estructuras formales formaba parte del ritual cotidiano del lugar. En ese sentido, la tienda funcionaba como una escuela informal, donde el aprendizaje no estaba institucionalizado, pero sí profundamente arraigado en la experiencia directa.

Su cierre, en 2012, no fue solo el final de un negocio histórico, sino el síntoma de un cambio de época. El aumento de los alquileres, la estandarización del consumo cultural y la lógica de la inmediatez digital hicieron inviable un espacio sostenido por el tiempo lento de la búsqueda, el diálogo y la memoria. Con Colony se fue también una cierta idea de ciudad, donde el conocimiento especializado podía sobrevivir en una esquina, atendido por personas que sabían escuchar antes de vender. Recordar Colony Records no es un gesto nostálgico. Es, más bien, una forma de preguntarnos qué perdemos cuando la música deja de ser un territorio de encuentro y se convierte solo en flujo. En esa esquina de 49th y Broadway, durante décadas, la música tuvo cuerpo, historia y conversación. Y eso —como el buen jazz o el teatro vivo— no se reemplaza fácilmente.

Por Marcelo Bettoni

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