.La Iglesia  y los spirituals: espiritualidad, música y resistencia en los orígenes afroamericanos

La historia de la Iglesia Negra en los Estados Unidos no puede comprenderse únicamente como un fenómeno religioso. Se trata, ante todo, de un proceso social, cultural y político profundamente ligado a la experiencia de la esclavitud, la segregación racial y la búsqueda de autonomía por parte de la población afroamericana. Desde fines del siglo XVIII, las iglesias negras se constituyeron en espacios de afirmación identitaria, organización comunitaria y resistencia simbólica frente a un sistema que negaba derechos básicos a millones de personas. En ese proceso, la música —y en particular los spirituals— ocupó un lugar central como vehículo de fe, memoria colectiva y expresión de una esperanza profundamente arraigada en la experiencia histórica afroamericana.

Durante el período colonial y los primeros años de la nueva nación estadounidense, los afroamericanos participaron mayormente en iglesias controladas por blancos. Sin embargo, la segregación dentro de los templos, las restricciones al liderazgo negro y el trato desigual generaron un creciente malestar. Los fieles afroamericanos eran obligados a ocupar sectores separados, se les negaba la posibilidad de predicar libremente y, en muchos casos, se los consideraba creyentes de segunda categoría. Esta exclusión no afectaba solo la dimensión institucional de la fe, sino también las formas de expresión colectiva: el canto participativo, la respuesta coral, el uso del cuerpo y la emotividad eran frecuentemente reprimidos por considerarse incompatibles con los modelos litúrgicos europeos.

Este clima de exclusión impulsó, de manera gradual pero firme, la creación de congregaciones negras independientes. En algunos contextos, las autoridades eclesiásticas blancas toleraron o incluso promovieron estas separaciones, viéndolas como un modo de preservar el orden racial existente. En otros, la reacción fue abiertamente hostil. Paradójicamente, muchas iglesias blancas estaban tan concentradas en consolidar su propia independencia respecto de Europa que prestaron escasa atención a la reorganización religiosa de sus miembros afroamericanos, lo que facilitó el surgimiento de espacios autónomos.

Las primeras experiencias de autogobierno religioso afroamericano se dieron principalmente en el ámbito bautista. Allí surgieron figuras clave como George Leile, un esclavo autorizado a predicar que recorrió plantaciones del sur llevando un mensaje religioso que combinaba fe, esperanza y dignidad. Su prédica estaba íntimamente ligada al canto colectivo y a la tradición oral. En estos contextos comenzaron a consolidarse los spirituals, cantos religiosos de raíz afroamericana que reinterpretaron relatos bíblicos desde la experiencia de la esclavitud, convirtiendo historias de éxodo, cautiverio y redención en metáforas de liberación terrenal y espiritual.

A fines del siglo XVIII se consolidaron las primeras congregaciones estables, como la First African Baptist Church de Savannah, fundada por Andrew Bryan. Estas iglesias no solo funcionaban como espacios de culto, sino también como ámbitos de educación informal, ayuda mutua y construcción de redes sociales. En ellas, los spirituals cumplieron una función múltiple: eran oración, relato histórico, expresión emocional y, en muchos casos, un lenguaje cifrado de resistencia. Su estructura musical —basada en la repetición, el llamado y respuesta, la flexibilidad rítmica y la improvisación— reflejaba la persistencia de herencias africanas adaptadas al contexto del Nuevo Mundo.

En las ciudades del norte, donde existía una mayor concentración de afroamericanos libres, la Iglesia Negra adquirió una dimensión institucional más visible. En Boston, Nueva York y Filadelfia se fundaron iglesias bautistas, metodistas, presbiterianas y episcopales dirigidas por líderes negros. Estos espacios se transformaron en verdaderos centros comunitarios, donde la religión se entrelazaba con la educación, la organización social y, progresivamente, con el activismo político abolicionista. La música espiritual reforzó el sentido de pertenencia colectiva y contribuyó a la transmisión de una memoria histórica compartida.

Aunque muchas de estas congregaciones mantenían vínculos formales con denominaciones blancas, su vida interna respondía a dinámicas propias. La liturgia afroamericana incorporó elementos distintivos: el canto responsorial, la centralidad de la voz, la participación activa de la congregación y una relación directa entre palabra, música y emoción. Estas prácticas no solo diferenciaban a la Iglesia Negra de los modelos europeos, sino que sentaron las bases estéticas y simbólicas de tradiciones musicales posteriores.

En el sur, la autonomía religiosa negra fue vista con creciente desconfianza. Las insurrecciones lideradas por figuras como Denmark Vesey y Nat Turner —ambos predicadores— reforzaron el temor de las élites blancas a que las iglesias funcionaran como espacios de organización y rebelión. Como respuesta, se aprobaron leyes que restringieron severamente las reuniones religiosas afroamericanas, prohibieron la predicación independiente y disolvieron numerosas congregaciones. El control también se extendió al canto colectivo, percibido como una práctica capaz de fortalecer la cohesión y la conciencia comunitaria.

Estas medidas tuvieron un impacto devastador en la vida religiosa negra del sur durante varias décadas. No obstante, incluso bajo condiciones extremas de vigilancia, la espiritualidad afroamericana sobrevivió en formas clandestinas, domésticas o disimuladas. En reuniones secretas, en el trabajo cotidiano o en el ámbito familiar, los spirituals continuaron transmitiéndose de manera oral, preservando una visión religiosa centrada en la liberación y la dignidad humana. De esta tradición surgirían, ya en el período posterior a la esclavitud, nuevas expresiones como el gospel, que heredó el fervor, la expresividad vocal y la dimensión comunitaria de los spirituals, adaptándolos a un nuevo contexto histórico.

Tras la Guerra Civil, la Iglesia Negra resurgió con fuerza y se consolidó como una de las instituciones más influyentes de la comunidad afroamericana. Su importancia excedió ampliamente el plano espiritual: fue escuela, foro político, refugio emocional y plataforma para líderes sociales. La música religiosa, desde los spirituals hasta el gospel, acompañó este proceso como un eje estructurante de la identidad afroamericana y como una de las raíces fundamentales de la música popular estadounidense, incluido el blues y, más tarde, el jazz.

Comprender los orígenes de la Iglesia Negra permite entender no solo una tradición religiosa, sino una forma de resistencia cultural que transformó la fe y la música en herramientas de cohesión, memoria y lucha colectiva. En ese cruce entre espiritualidad, sonido e historia se gestó una de las matrices culturales más profundas de la experiencia afroamericana, cuyos ecos continúan resonando en la música y la vida social contemporánea.  Por Marcelo Bettoni

Referencias

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