La historiografía tradicional del jazz ha tendido a ubicar sus orígenes casi exclusivamente en el cambio de siglo XIX al XX, enfatizando el papel de Nueva Orleans como punto inaugural. Sin embargo, una mirada revisionista obliga a retroceder cronológicamente y a reconsiderar las prácticas musicales, corporales y rituales desarrolladas por las comunidades africanas esclavizadas en la América colonial como parte constitutiva —y no meramente antecedente difuso— del jazz.

A pesar de la violencia estructural del sistema esclavista, los africanos y sus descendientes lograron preservar, transformar y rearticular elementos centrales de sus tradiciones culturales. Las festividades colectivas, celebradas especialmente en las ciudades del Norte con alta concentración de población negra, funcionaron como espacios de resistencia simbólica, transmisión cultural y reconstrucción comunitaria. Lejos de ser simples momentos de ocio tolerado, estas reuniones constituyeron verdaderos laboratorios de síntesis musical afroatlántica.

Aunque los esclavizados procedían de regiones diversas de África occidental y, en menor medida, oriental, compartían principios estéticos fundamentales: primacía del ritmo, integración orgánica entre música y danza, uso del cuerpo como instrumento, canto responsorial y una concepción performativa de la música ligada a lo social y lo ritual. Esta base común permitió la participación colectiva incluso entre hablantes de distintas lenguas africanas. Como señaló Olaudah Equiano, africanos provenientes de regiones distantes podían comprenderse entre sí, lo que sugiere la existencia de una gramática cultural compartida que excedía el lenguaje verbal (Equiano, 1791).

Desde una perspectiva revisionista, estas prácticas deben entenderse como formas tempranas de africanización del espacio colonial, donde el sonido, el movimiento y la performance colectiva operaban como mecanismos de reafirmación identitaria frente a la deshumanización del cautiverio.

Una de las expresiones más reveladoras de esta dinámica fue el Lection Day, una festividad desarrollada exclusivamente por afrodescendientes en Nueva Inglaterra. En esta ocasión, los esclavizados elegían a sus propios líderes simbólicos —“gobernadores” o “reyes”— mediante ceremonias que reproducían y resignificaban los rituales políticos de la sociedad blanca. Lejos de ser una mera imitación folclórica, estas elecciones constituían una puesta en escena del poder negro, articulada a través del ritual, la música y el desfile.

Originada en Connecticut hacia mediados del siglo XVIII y vigente en algunas localidades hasta el siglo XIX, la celebración incluía procesiones acompañadas por violines, fifes, clarinetes y tambores, ejecutados por los músicos más prestigiosos de la comunidad. La selección de intérpretes evidencia la existencia de jerarquías musicales internas y de criterios estéticos propios, anticipando el reconocimiento social del músico afroamericano que luego será central en la historia del jazz.

Tras la ceremonia formal, la festividad derivaba en cantos colectivos, danzas, competencias físicas y celebraciones comunitarias. Observadores contemporáneos describieron un paisaje sonoro marcado por la superposición de voces llevadas al extremo del registro, lenguas africanas entremezcladas con un inglés fragmentado y una instrumentación híbrida que incluía violín, banjo, pandereta y percusión. Estas descripciones revelan una estética de la intensidad, del cuerpo en movimiento y del ritmo como fuerza organizadora, rasgos que más tarde definirán al blues, al jazz y a sus derivados.

Desde una lectura revisionista, el Lection Day puede interpretarse como un antecedente directo de la performance afroamericana moderna, donde música, danza, teatralidad y afirmación identitaria se articulan en un mismo gesto. Estas celebraciones evocaban, en la memoria colectiva, las ceremonias africanas de elección e investidura de jefes y reyes, demostrando que la diáspora no implicó una ruptura total, sino una continuidad transformada.

En este sentido, el jazz no emerge ex nihilo a fines del siglo XIX, sino que se inscribe en una larga genealogía de prácticas musicales afrodescendientes, desarrolladas bajo condiciones de opresión, pero dotadas de una extraordinaria capacidad de adaptación, síntesis y reinvención.

Por Marcelo Bettoni

Fuentes

Bridenbaugh, C. (1938). Cities in the wilderness: The first century of urban life in America, 1625–1742. New York: Ronald Press.

Equiano, O. (1791). The interesting narrative of the life of Olaudah Equiano, or Gustavus Vassa, the African. New York.

Southern, E. (1997). The music of Black Americans: A history (3rd ed.). New York: W. W. Norton.

Gioia, T. (2011). The history of jazz (2nd ed.). New York: Oxford University Press.

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