La vida musical en la América colonial fue mucho más diversa y compleja de lo que sugieren los relatos centrados exclusivamente en la música religiosa. Tanto entre los colonos europeos como entre las poblaciones afrodescendientes esclavizadas, el canto y la música cumplieron funciones sociales, laborales, recreativas y simbólicas que anticipan prácticas fundamentales del desarrollo posterior de la música popular estadounidense y, en última instancia, del jazz.

Este artículo aborda el canto social y las actividades recreativas musicales durante el período colonial, poniendo el foco en los puntos de contacto y contraste entre las tradiciones europeas y africanas, así como en los espacios donde se produjo una interacción cultural temprana.

Aun en regiones del norte marcadas por una fuerte impronta puritana, el canto no se limitó a los salmos bíblicos. Los colonos trajeron consigo un vasto repertorio de baladas europeas, especialmente de origen inglés, que circulaban tanto en ámbitos domésticos como en tabernas, calles y celebraciones comunitarias.

Estas canciones narrativas, heredadas de la tradición oral británica, fueron adaptadas al nuevo contexto americano. Muchas conservaron sus melodías originales, mientras que las letras se modificaron para comentar hechos locales, episodios políticos o personajes notorios. Este procedimiento —reutilizar melodías conocidas para textos nuevos— fue una práctica habitual y revela una concepción funcional y flexible de la música, cercana a lo que más tarde será característico de la canción popular.

Junto a las baladas, los colonos cantaban canciones de trabajo: cantos de marineros, tejedores o trabajadores agrícolas, cuyo objetivo principal era acompañar y organizar el esfuerzo físico. Estas prácticas muestran que la música estaba profundamente integrada a la vida cotidiana y no constituía un arte separado de la experiencia social.

No obstante, desde el siglo XVII algunos líderes religiosos comenzaron a expresar preocupación por la expansión de la música secular, a la que consideraban frívola o moralmente peligrosa. A pesar de estas críticas, el canto profano siguió formando parte esencial de la cultura colonial.

Un aspecto significativo fue el desarrollo de escuelas de canto, espacios donde se enseñaba no solo el repertorio sacro, sino también formas seculares como cánones, “catches” y “glees”. Estas instituciones funcionaron como mecanismos de alfabetización musical y contribuyeron a la difusión de repertorios compartidos entre distintos sectores sociales.

La coexistencia de música religiosa y profana dentro de un mismo marco pedagógico revela una tensión constante entre control moral y práctica cultural, una tensión que atravesará toda la historia musical estadounidense.

La población negra esclavizada participó activamente de este paisaje sonoro. Cantó salmos e himnos junto a los colonos europeos, especialmente a partir del siglo XVIII, pero también conservó, en la medida de lo posible, memorias musicales africanas, particularmente en contextos festivos propios.

Además, en espacios públicos como calles y tabernas, los afrodescendientes interpretaron baladas europeas y canciones populares blancas. Sin embargo, cuando ese repertorio se agotaba o dejaba de ser expresivo, surgía la improvisación: la creación espontánea de nuevas canciones, muchas veces en lenguas europeas aprendidas de forma fragmentaria, pero cargadas de sentido, ironía y comentario social.

Este rasgo —la improvisación vocal como forma de expresión inmediata— constituye uno de los legados africanos más persistentes y significativos en la música afroamericana.

Las actividades recreativas de los esclavos fueron objeto de vigilancia y crítica por parte de autoridades civiles y religiosas. Las reuniones dominicales con canto y danza eran vistas por muchos clérigos como una transgresión del orden moral. Sin embargo, para la población esclavizada, el domingo representaba casi el único espacio de autonomía temporal.

Crónicas de viajeros europeos del siglo XVIII describen encuentros festivos donde la música y la danza ocupaban un lugar central. Estos relatos, aunque atravesados por prejuicios coloniales, ofrecen testimonios valiosos sobre la práctica musical afroamericana temprana.

Entre los instrumentos utilizados por los esclavos, destacan los cordófonos de fabricación artesanal, especialmente aquellos construidos con calabazas, precursores directos del banjo. Estos instrumentos acompañaban danzas colectivas caracterizadas por movimientos corporales que los observadores europeos describían como irregulares o “grotescos”, evidenciando su incomprensión de estéticas corporales no europeas.

El canto que acompañaba estas danzas solía incluir letras satíricas, a menudo dirigidas a los amos, con un fuerte componente improvisado. Los cantantes competían entre sí, creando versos en tiempo real, un procedimiento que anticipa prácticas centrales del blues, el jazz y otras músicas afroamericanas posteriores.

Aunque las fuentes coloniales ofrecen referencias fragmentarias y mediadas por miradas externas, es posible identificar en estas prácticas tempranas algunos núcleos fundacionales de la música afroamericana: la centralidad del ritmo y el cuerpo, la improvisación como principio creativo, el uso de la música como comentario social, y la resignificación constante de materiales heredados.

Estas dinámicas culturales, desarrolladas en condiciones de extrema opresión, constituyen el sustrato profundo sobre el cual se edificarán el blues, el gospel y, más tarde, el jazz.

El canto social y las actividades recreativas en la América colonial revelan un espacio de interacción cultural donde la música funcionó como herramienta de cohesión, resistencia y expresión identitaria. Lejos de ser un mero antecedente folclórico, este universo sonoro constituye una clave interpretativa esencial para comprender la historia social y estética del jazz.

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