Durante el período colonial, la evangelización de los africanos esclavizados en las colonias del sur de Norteamérica se desarrolló en un terreno profundamente contradictorio. Por un lado, existía una preocupación declarada por la “salvación de las almas”; por otro, el sistema esclavista imponía límites estrictos a cualquier práctica que pudiera erosionar el orden social vigente. La actividad misionera, lejos de constituir un proyecto humanitario coherente, se vio atravesada por temores políticos, intereses económicos y estrategias de control.

En muchos casos, los esclavizados participaban de los oficios religiosos junto a sus amos, aunque siempre en posiciones marginales: sentados en galerías altas, en el suelo del templo o incluso fuera del edificio, escuchando los sermones a través de ventanas abiertas. En otras situaciones, los propietarios organizaban servicios separados o solicitaban la presencia de ministros en las plantaciones. Estas modalidades evidencian una inclusión religiosa estrictamente regulada, subordinada a la jerarquía racial.

La actitud del clero no fue homogénea. Algunos ministros asumieron con compromiso la tarea evangelizadora, mientras que otros mostraron una indiferencia notable. Sin embargo, el alcance real de la instrucción religiosa dependió menos del celo clerical que de la voluntad de los amos. Incluso aquellos propietarios considerados “benévolos” manifestaron reticencias iniciales frente al bautismo de sus esclavos, debido a la creencia —ampliamente difundida— de que la conversión cristiana implicaba la libertad. Para disipar este temor, legislaturas como la de Virginia establecieron tempranamente que el bautismo no modificaba la condición de esclavitud, reforzando así la compatibilidad legal entre cristianismo y servidumbre.

A estas dudas se sumaban otras preocupaciones. Algunos colonos sostenían que la instrucción religiosa volvía a los esclavizados “orgullosos” y menos obedientes. Más importante aún fue el contexto demográfico del Sur: la llegada constante de africanos durante todo el período colonial alimentó el miedo a rebeliones y conspiraciones. En este marco, cualquier forma de reunión entre esclavos —incluidas las de carácter religioso— era vista con sospecha. El control del cuerpo y del tiempo se volvió una prioridad absoluta, y la posibilidad de congregación colectiva fue cuidadosamente vigilada.

La Iglesia Anglicana ejerció una influencia decisiva a través de organizaciones misioneras como la Society for the Propagation of the Gospel (SPG). Los ministros no sólo debían predicar, sino también informar periódicamente sobre las condiciones religiosas y educativas de sus parroquias. Los registros conservados dan cuenta de bautismos, admisiones a la Iglesia y, en menor medida, intentos de alfabetización básica. Sin embargo, uno de los elementos más constantes de la instrucción religiosa fue el canto.

La música ocupó un lugar central en la experiencia religiosa de los esclavizados. Salmos e himnos formaban parte inseparable de la catequesis, y numerosos testimonios coinciden en señalar que el canto era el aspecto más valorado de la práctica cristiana. Ministros de la época describieron con asombro la sensibilidad musical de los africanos, su rapidez para aprender textos cantados y la intensidad emocional con la que participaban de la salmodia.

Entre los repertorios más apreciados se encontraban los salmos e himnos de Isaac Watts, que circularon tempranamente en ediciones coloniales. Los misioneros reconocían abiertamente esta preferencia y solicitaban ejemplares junto con Biblias en sus pedidos a Inglaterra. La demanda fue tal que, en más de una ocasión, los ministros lamentaron no contar con suficientes copias para satisfacer a quienes las solicitaban.

Existen también experiencias singulares, como la escuela fundada en Charles Town en la década de 1740, dirigida por hombres negros formados por el propio clero. Aunque excepcionales, estos casos revelan el potencial educativo y cultural que algunos sectores llegaron a reconocer en la población esclavizada, aun dentro de los límites impuestos por el sistema.

A pesar de estos esfuerzos, la evangelización en el Sur nunca alcanzó la profundidad ni la extensión observada en las colonias del Norte. La mayoría de los esclavizados permaneció al margen de la instrucción religiosa formal. Vivían en espacios separados, y los domingos —cuando no eran obligados a trabajar— los dedicaban al cultivo de pequeños huertos, a la sociabilidad comunitaria y a prácticas recreativas como la danza. En esos márgenes, lejos de la vigilancia directa, comenzaron a gestarse formas culturales híbridas donde el canto, el ritmo y la corporalidad adquirieron un sentido propio.

Paradójicamente, aquello que los amos y las autoridades temían —la reunión, la voz colectiva, la experiencia compartida— fue precisamente lo que permitió la gestación de una tradición musical afroamericana de enorme proyección histórica. Los salmos y los himnos, reinterpretados desde sensibilidades africanas, sentaron algunas de las bases estéticas y expresivas que más tarde confluirían en los espirituales, el gospel y, a largo plazo, en el vasto universo de la música afroamericana. Por Marcelo Bettoni

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