En la historia del jazz de Nueva Orleans abundan las figuras fundamentales que, por distintas razones, quedaron relegadas a un segundo plano. Joe Robichaux es una de ellas. Pianista versátil, líder de big band, acompañante excepcional y testigo activo de más de medio siglo de transformaciones musicales, su trayectoria permite recorrer —casi cronológicamente— los grandes cambios estilísticos de la música afroamericana en la ciudad: del jazz clásico al swing local, del rhythm and blues de posguerra a la revitalización tradicionalista de los años cincuenta.

Pese a su importancia, Robichaux fue un músico subgrabado. Esa carencia documental explica en parte por qué su nombre no suele aparecer junto al de otros pianistas más difundidos. Sin embargo, una escucha atenta de sus registros disponibles revela a un artista de enorme personalidad, con un lenguaje rítmico y armónico que combina raíces locales profundas con una sorprendente apertura estética.

Joseph Robichaux nació el 8 de marzo de 1900 en el Irish Channel, uno de los barrios más duros y, al mismo tiempo, más musicalmente fértiles de Nueva Orleans. Allí convivían el blues temprano, las brass bands, el ragtime y la música de baile, en un entramado social marcado por el trabajo portuario y la vida comunitaria.

Joe pertenecía, además, a una auténtica dinastía musical. Era sobrino de John Robichaux, uno de los directores de orquesta más activos desde fines del siglo XIX hasta la década de 1930, célebre por su larga residencia en el Lyric Theater. Durante su infancia, Joe pudo escuchar de cerca los ensayos de la banda de su tío, una experiencia formativa clave.

Comenzó a tocar el piano a los siete años, aunque durante su adolescencia el instrumento compitió seriamente con el béisbol, deporte que llegó a considerar como posible carrera. Finalmente, la música se impuso. Entre sus influencias pianísticas tempranas se cuentan Lawrence Cook —bluesman del Irish Channel—, Oscar Desdunes, Fred Washington y el enigmático “Game Kid”. No obstante, fue Steve Lewis, pianista de A. J. Piron, quien dejó la huella más profunda en su concepción moderna del ritmo y la armonía.

Hacia 1917, Robichaux ya animaba fiestas privadas y comenzaba a consolidarse como músico profesional. En 1918 se incorporó al O. J. Beatty Tent Show, donde tocó en los llamados “49 camps”, carpas que funcionaban como salones de baile itinerantes. Este tipo de trabajo fue una escuela intensiva: largas jornadas, públicos exigentes y la necesidad de sostener el pulso rítmico durante horas.

Luego de un breve paso por Chicago con la banda de Tig Chambers, regresó a Nueva Orleans, aunque pronto volvió a salir de gira con los espectáculos Washburn and Weaver y Tom Morse. A comienzos de los años veinte se integró a la Black Eagle Band del trompetista Evan Thomas, recorriendo el “country circuit” del sur estadounidense entre 1922 y 1923.

De regreso en la ciudad, Robichaux se convirtió en un músico freelance muy solicitado, colaborando con líderes como Oscar Celestin y William Ridgley. Su asociación con Davey Jones y Lee Collins sería decisiva: con ellos obtuvo su primera experiencia discográfica y afianzó su reputación como uno de los pianistas más sólidos de Nueva Orleans.

El 11 de noviembre de 1929, el Jones–Collins Astoria Hot Eight grabó cuatro lados para Victor que hoy se consideran entre lo mejor del jazz temprano de Nueva Orleans. Uno de ellos, Tip Easy Blues, es una composición de Robichaux y constituye una verdadera carta de presentación de su estilo.

Su piano se distingue por el uso de ritmos irregulares, acordes avanzados y una notable independencia de manos, rasgos que lo ubican más allá del acompañamiento funcional típico del jazz tradicional. Robichaux no se limita a marcar el pulso: dialoga, empuja y reorganiza el flujo rítmico del conjunto.

La sesión tiene además un valor histórico adicional: suele citarse como una de las primeras grabaciones integradas realizadas en Nueva Orleans, con el clarinetista Sidney Arodin “pasando” como músico blanco. Un mes después, Robichaux grabó con la cantante Christina Grey para Okeh, aunque solo dos de esos títulos fueron publicados.

A comienzos de la década del treinta, Robichaux formó su propia banda: The New Orleans Rhythm Boys. Inicialmente un sexteto residente en el Entertainer’s Club, el grupo fue creciendo hasta convertirse en una big band que dominó la escena local durante varios años.

Mientras muchos músicos emigraban al norte en busca de mejores oportunidades, Robichaux supo capitalizar el auge del swing desde una perspectiva local, sin renunciar a las raíces rítmicas y formales de Nueva Orleans. En 1933, Brunswick llevó a la banda a Nueva York para una serie de grabaciones luego publicadas por Vocalion.

Estos registros son hoy documentos excepcionales del swing de Nueva Orleans, claramente diferenciado del estilo de Kansas City o del swing neoyorquino. La instrumentación, el peso del banjo y la forma en que el piano asume funciones casi “bajísticas” generan un pulso más cercano al ragtime y al jazz temprano que al swing estandarizado de las grandes orquestas nacionales.

Si bien algunos críticos señalaron debilidades en los arreglos, las grabaciones contienen momentos de gran inventiva, solos de alto nivel y referencias culturales inesperadas, como la cita a Peer Gynt en Why Should I Cry Over You. Temas como After Me the Sun Goes Down, King Kong Stomp o The Riff muestran a Robichaux como un músico abierto, curioso y ajeno a los compartimentos estilísticos rígidos.

Durante los años cuarenta, mantener una big band se volvió cada vez más difícil. Robichaux se concentró entonces en trabajos como solista y acompañante, roles en los que brilló especialmente. En los años cincuenta fue requerido por figuras clave como Lizzie Miles, quien lo consideraba su acompañante ideal, y participó en el circuito del rhythm and blues de Nueva Orleans, posiblemente incluso en grabaciones históricas como Real Gone Lover de Smiley Lewis.

En 1957 se unió a la George Lewis Band, con la que alcanzó una nueva proyección internacional, girando por Europa y Japón. Aunque su papel pianístico quedó allí más restringido, su presencia fue fundamental para sostener el pulso del conjunto. En los primeros años sesenta fue también una figura habitual de Preservation Hall, trabajando con John Casimir, Kid Howard y otros referentes del revival tradicionalista.

Joe Robichaux murió el 17 de enero de 1965, pocas horas antes de una presentación programada en Preservation Hall.

Joe Robichaux fue un músico profundamente dedicado, más interesado en tocar que en construir una carrera pública. Era conocido por su energía escénica, su generosidad y su amor incondicional por el jazz. Que haya quedado parcialmente eclipsado no habla de sus limitaciones, sino de los mecanismos selectivos de la historia.

Volver a escucharlo hoy permite comprender mejor una idea central: el jazz de Nueva Orleans no fue un estilo fijo, sino un proceso continuo de adaptación y reinvención. En ese proceso, el piano de Joe Robichaux funcionó como un puente entre tradición y modernidad. Quizás así, después de todo, el sol nunca terminó de ponerse.

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