La historia del jazz no avanza en compartimentos estancos. Entre los grandes rótulos estilísticos aparecen zonas intermedias donde los lenguajes se superponen, dialogan y se transforman gradualmente. El llamado swing style pertenece a ese espacio de cruce: una estética que se consolida durante la década de 1930 y que funciona como nexo entre la escuela de Chicago y el posterior dominio del swing, sin confundirse plenamente con ninguno de los dos mundos.

Este estilo encuentra su forma característica en pequeños conjuntos, alejados tanto de la improvisación colectiva típica del jazz temprano como del aparato sonoro de las grandes orquestas. Las formaciones suelen reunir varios instrumentos de viento —trompeta, trombón, clarinete y saxofón tenor— acompañados por una sección rítmica completa. El resultado es una sonoridad equilibrada, donde el arreglo adquiere mayor peso sin anular la identidad individual de los solistas.

El repertorio refleja esa condición transicional. A las canciones populares y a ciertas estructuras multitemáticas heredadas de décadas anteriores se suman composiciones claramente alineadas con la sensibilidad del swing. El lenguaje armónico se expande: los acordes mayores y menores con sexta añadida se vuelven habituales, las tensiones aparecen con mayor frecuencia y la armonía abandona definitivamente la economía del jazz de los años veinte.

Desde el punto de vista formal, el swing style propone un cambio decisivo. Los vientos suelen presentarse en bloques homofónicos basados en riffs, un recurso que anticipa la lógica de las big bands, aunque en una escala más íntima. Persisten, no obstante, secciones polifónicas —a menudo como introducción o cierre— que remiten al jazz tradicional. En el núcleo del discurso se impone una organización moderna: una sucesión de solos claramente delimitados, sostenidos por una melodía acompañada, donde la improvisación individual pasa a ocupar el centro de la escena.

El ritmo termina de definir la identidad del estilo. La corchea swing estructura el fraseo y modela la articulación melódica. El piano alterna entre patrones heredados del ragtime y un comping más libre y espaciado, mientras la batería profundiza el uso del hi-hat, el plato ride y las escobillas. Los metales, por su parte, recurren con frecuencia a la sordina tipo cup, aportando una paleta tímbrica más dúctil y expresiva.

Conviene establecer con claridad los límites de esta categoría. El swing style no incluye a las grandes big bands de la era del swing, ni a las formaciones pre–big band o territoriales de la década de 1920. Tampoco engloba de manera automática a los pequeños combos del swing, salvo cuando estos adoptan conscientemente criterios estéticos vinculados al jazz tradicional. No se trata de una definición cronológica, sino estilística.

Dentro de este marco se pueden ubicar diversas agrupaciones que, desde enfoques personales, exploraron este equilibrio entre herencia y renovación. Entre ellas se encuentran los conjuntos liderados por Wingy Manone, los grupos reducidos de Frankie Newton, las formaciones de Louis Prima en la década de 1930, el inconfundible Fats Waller and his Rhythm, así como los pequeños ensambles asociados a Teddy Wilson. A estos se suman experiencias como el Clambake Seven de Tommy Dorsey, los Bobcats liderados por Bob Crosby, el Hammond Five de Glenn Hardman y las distintas combinaciones surgidas en Kansas City —Five, Six y Seven— que entre fines de los años treinta y comienzos de los cuarenta aportaron una versión particularmente fluida y rítmica de este lenguaje. En todos los casos, las grabaciones más representativas corresponden a los períodos en que estos grupos trabajaron explícitamente dentro de esta estética intermedia.

Los pequeños conjuntos de Benny Goodman requieren una lectura más matizada. Goodman no pertenece al jazz tradicional en un sentido estricto, ni su concepción instrumental responde a la polifonía típica de Nueva Orleans. Sin embargo, en determinadas circunstancias —especialmente en su trío con piano y batería— su música puede alinearse con el swing style cuando aborda repertorio asociado al jazz temprano o cuando reduce el discurso a una interacción más directa y menos orquestal. Algo similar ocurre, en contadas ocasiones, con su sexteto, cuando introduce pasajes que recuperan procedimientos polifónicos de raíz tradicional. Goodman, como tantos músicos centrales del swing, no habita este territorio de manera permanente, pero lo visita de forma episódica.

Este fenómeno no es exclusivo de Goodman. Intérpretes como Lester Young o Coleman Hawkins, plenamente identificados con la era del swing, participaron ocasionalmente en grabaciones que dialogan con la estética del jazz tradicional. Del mismo modo, ciertas sesiones tempranas de Fletcher Henderson en grupos reducidos, así como los primeros registros de los Washingtonians de Duke Ellington, revelan una convivencia de lenguajes que desarma cualquier intento de trazar fronteras rígidas.

En última instancia, el swing style puede entenderse como un espacio de negociación estética, un punto donde el jazz redefine su rumbo sin negar su origen. No es un estilo cerrado ni un destino final, sino un momento de tránsito en el que la tradición aún se reconoce, pero ya no impone sus límites.

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