Termino de cerrar El sello que Coltrane impulsó con esa sensación poco frecuente que dejan los libros necesarios: la de haber afinado la escucha. No solo porque ordena datos y contextos, sino porque obliga a volver a oír una música que creíamos conocer. En mi caso, la lectura funcionó como disparador para revisar el lugar de Impulse! Records en la historia del jazz y, sobre todo, para pensar qué significó realmente el encuentro entre un sello y un músico en el momento justo.

Impulse! nació en 1960, cuando el jazz atravesaba una zona de incomodidad creativa. El bebop ya era un lenguaje consolidado, el hard bop comenzaba a repetirse y las formas heredadas parecían insuficientes para expresar el clima cultural de la época. Creed Taylor, productor atento y elegante, entendió que ese desajuste era una oportunidad. Desde ABC-Paramount Records imaginó un sello que no se limitara a documentar el presente, sino que se animara a empujarlo.

Desde el comienzo, Impulse! se diferenció por detalles que no eran superficiales: una calidad sonora excepcional, portadas de fuerte identidad visual y, sobre todo, una política artística basada en la confianza. No se trataba de grabar singles exitosos, sino de permitir que los músicos desarrollaran ideas amplias, incluso incómodas.

La llegada de John Coltrane en 1961 fue decisiva. Venía de Atlantic con obras fundamentales como Giant Steps, pero también con la necesidad evidente de ir más lejos. Impulse! le ofreció algo que en la industria del jazz era raro incluso entonces: tiempo, presupuesto y libertad. Esa combinación cambió todo.

Africa/Brass fue una declaración de principios. Recuerdo la primera vez que lo escuché con atención completa: la sensación no era la de un disco “difícil”, sino la de estar frente a una música que exigía otro tipo de entrega. A partir de allí, cada grabación en el sello profundizó esa búsqueda: el lirismo tenso de Crescent, la claridad espiritual de A Love Supreme, la ruptura colectiva de Ascension, el trance de Meditations.

Cuando Bob Thiele tomó la dirección artística, Impulse! encontró su forma definitiva. Thiele entendió que no debía domesticar esa energía, sino acompañarla. El catálogo se expandió hacia voces diversas y radicales: Archie Shepp, Pharoah Sanders, Albert Ayler, McCoy Tyner. Escuchados hoy, esos discos siguen sonando menos como productos de época que como preguntas abiertas.

Coltrane fue el centro de gravedad de ese universo, pero no su único sentido. Su presencia legitimó una idea que atraviesa todo el catálogo de Impulse!: que el jazz puede ser una experiencia espiritual, un acto político y una exploración formal al mismo tiempo. No es casual que muchos de esos discos sigan incomodando, incluso décadas después.

Volver hoy a Impulse! es algo más que un ejercicio nostálgico. En un contexto donde la música suele pensarse en términos de velocidad y consumo, el sello recuerda otra lógica: la de la escucha profunda, la del proceso, la del riesgo como valor estético.

Después de leer El sello que Coltrane impulsó y de volver a escuchar estos discos con otros oídos, queda una certeza simple pero contundente: Impulse! no fue grande solo por lo que publicó, sino por lo que permitió. Permitió que un músico siguiera una intuición hasta sus últimas consecuencias y que otros encontraran allí un espacio donde decir lo indecible.

Esa es, quizás, la lección más vigente de Impulse! Records. El jazz avanzó cuando alguien confió. Y cada vez que esos discos vuelven a girar, esa confianza se reactiva, recordándonos que la historia del jazz no se construyó sobre fórmulas seguras, sino sobre decisiones valientes. Por Marcelo Bettoni

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