En la historia del jazz hay ciudades que se iluminan como grandes capitales del sonido—Nueva Orleans, Chicago, Nueva York—y otras que permanecen en penumbra pese a haber alojado procesos decisivos. Denver es una de ellas. Allí, en la década de 1920, un violinista afroamericano llamado George Morrison dirigía una orquesta que combinaba disciplina, sofisticación y un sentido del baile que anticipaba los cambios por venir. Su nombre aparece hoy como un eslabón esquivo en la genealogía del jazz, una figura que une a los pioneros del período temprano con los arquitectos del swing.

La escena cobra relieve cuando se observa un episodio poco recordado: la llegada de la orquesta de Morrison a Nueva York, en abril de 1920, para grabar para el sello Columbia. Una territory band procedente del Oeste, lejos del circuito de Harlem y Chicago, entrando a un estudio de primera línea en un momento en que los músicos afroamericanos apenas comenzaban a tener acceso a la industria. En esa sesión quedó registrado “I Know Why (Introducing My Cuban Dreams)”, una pieza que revela una orquesta de precisión milimétrica, acostumbrada a sostener noches de baile en salones elegantes y a trabajar sobre un repertorio que mezclaba sofisticación y ritmo con una soltura sorprendente para el período.

La popularidad que Morrison había alcanzado en Denver ayuda a comprender esta oportunidad. Su orquesta mantenía residencias prolongadas en lugares como el Albany Hotel, donde el público blanco y afroamericano coincidía atraído por la elegancia y el profesionalismo del conjunto. Fue en ese contexto que la prensa bautizó a Morrison como el “Paul Whiteman Negro”, un apodo que condensa el clima racial de su tiempo. Por un lado, la comparación reconocía su capacidad para conducir una gran orquesta con arreglos refinados y un sonido pulcro; por otro, evidenciaba la necesidad de las instituciones blancas de medir el talento afroamericano a través de referentes propios. Sin embargo, ese nombre también revela la magnitud artística que su proyecto había alcanzado en una ciudad alejada de los centros neurálgicos del jazz.

El verdadero impacto de Morrison en la historia del jazz aparece con nitidez cuando se examina el linaje de músicos que pasaron por sus filas. Su orquesta funcionó como una auténtica escuela, un espacio donde los jóvenes aprendían lectura, precisión rítmica, disciplina escénica y una ética profesional que luego llevarían a otros escenarios. Entre ellos estaban Andy Kirk, quien años más tarde se convertiría en una figura central del jazz de Kansas City al frente de The Twelve Clouds of Joy, y Jimmie Lunceford, cuya orquesta marcaría la década de 1930 con un estilo inconfundible, equilibrado entre el swing, el humor escénico y una elegancia que rozaba lo coreográfico. Ambos absorbieron en Denver una formación que les permitió construir sus propias identidades musicales y liderar algunas de las agrupaciones más influyentes del período.

Escuchar hoy las grabaciones de 1920 es regresar a un momento en que el jazz todavía buscaba sus formas y sus sonidos característicos. En aquellos surcos se percibe el impulso vital de una orquesta que trabajaba con ambición y rigor desde un rincón inesperado del mapa. Morrison dirigía con el violín como estandarte, cuidando cada detalle del ensamble, atento no solo al pulso del baile sino también a una idea de refinamiento que se adelanta a la estética de las grandes bandas.

La memoria histórica no siempre le dio a Morrison el lugar que merece, pero su influencia se expande hacia los años treinta y cuarenta a través de los líderes que formó y de la huella que dejó en las orquestas de baile del Oeste. Redescubrirlo permite comprender que la historia del jazz no se escribió únicamente en las metrópolis, sino también en ciudades como Denver, donde una orquesta disciplinada y un director visionario estaban dando forma, casi sin saberlo, a un sonido que más tarde haría bailar a todo un país.

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