El año 1948 marcó un hito tecnológico que transformaría irrevocablemente el panorama de la música grabada, y en particular, el jazz. La introducción de nuevos formatos discográficos puso fin al reinado de casi medio siglo del frágil y breve disco de 78 revoluciones por minuto (rpm), de goma laca.

La compañía Columbia Records fue la pionera al patentar el proceso de grabación microgroove, dando origen al Disco de Larga Duración (LP). Estas placas de doce pulgadas, que giraban a 33\rpm, ofrecían aproximadamente veinte minutos de música por cada cara con una fidelidad sonora significativamente superior a su predecesor. Su fabricación en un plástico flexible, conocido como vinilo, se promocionó como virtualmente irrompible, un contraste radical con la extrema fragilidad del 78 rpm.

Casi simultáneamente, su rival histórica, RCA-Victor, lanzó su propia innovación: un sistema similar que también empleaba micro-ranuras y vinilo mejorado, pero en un formato más compacto y con menor tiempo de reproducción, girando a 45 rpm. Este disco se distinguía por su gran orificio central en forma de donut.

La industria discográfica adoptó rápidamente ambos estándares: el LP se reservó para obras de mayor seriedad o extensión, como el jazz o la música clásica, mientras que el 45 rpm se convirtió en el formato estándar para los sencillos de música pop, limitados a la duración de las antiguas grabaciones de 78.

El impacto del LP en el jazz fue inmediato y profundo, especialmente para la nueva hornada de músicos vinculados al hard bop (un estilo que se desarrollaría plenamente a principios de los años 50, en parte como reacción al cool jazz, buscando un retorno a las raíces afroamericanas del blues y el gospel).

Bajo la limitación técnica de los 78 discos (que forzaban grabaciones de unos tres minutos), el bebop y el jazz anterior se habían visto obligados a ceñir sus intrincadas improvisaciones a un esquema conciso. Aunque los músicos podían explayarse en extensos solos durante conciertos y jam sessions, el formato comercial exigía piezas cortas y reconocibles.

El LP eliminó esta barrera temporal. Con hasta veinte minutos por cara, los compositores y ejecutantes de jazz, particularmente aquellos inmersos en el hard bop —un estilo con progresiones armónicas a menudo más complejas que el bebop y un mayor énfasis en la expresión visceral y soulful—, pudieron concebir obras más ambiciosas.

La evolución técnica de los estudios de grabación abrió nuevas posibilidades para el jazz moderno: los músicos pudieron desarrollar solos más extensos, explorando ideas melódicas y armónicas con una libertad inédita; las composiciones comenzaron a alargarse, acercándose en duración y profundidad a las interpretaciones en vivo; y los artistas empezaron a concebir álbumes con un concepto unificador, pensados como obras integrales en las que cada pieza contribuía a una declaración artística completa, más allá del simple conjunto de temas.

En esencia, el LP no solo mejoró la fidelidad del sonido, sino que redefinió la unidad de la obra de jazz, pasando del llamado simple al álbum, e impulsó la complejidad y la expresión del jazz moderno en general.

Por Marcelo Bettoni

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