
A veces da la sensación de que la educación en jazz perdió algo esencial. Durante décadas, la transmisión era un ritual vivo: historias reales, memorias compartidas, voces que hablaban desde la experiencia, desde el barrio, desde el dolor y la celebración afroamericana que hizo nacer esta música. Hoy, en muchos espacios, ese legado se reemplaza por una pedagogía de “licks”, listas, rankings y recetas.
En lugar de invitar a la exploración sonora, se encierra a los estudiantes en patrones prefabricados. En vez de mostrar la complejidad cultural que sostiene al jazz, se les entrega un manual de las “mejores bandas”, como si todo el viaje pudiera reducirse a tres nombres y unas escalas memorizadas.
El jazz nunca fue eso. Fue una búsqueda. Una forma de decir lo indecible. Un territorio donde cada músico descubría su propia voz, no una copia de una copia.
Tal vez sea tiempo de recuperar esa tradición: volver a las historias verdaderas, al contexto humano, al pulso comunitario que dio sentido a esta música. Abrir espacio para que cada estudiante pueda explorar el sonido que lo conmueve y lo conecta. Ese es, quizás, el camino más honesto para enseñar jazz hoy.
Por Marcelo Bettoni