Cuando en 1945 un joven Miles Davis —de apenas diecinueve años— entró al estudio para grabar con Charlie Parker, nadie imaginaba que ese trompetista, tímido y todavía inseguro, se convertiría en una de las voces decisivas del jazz del siglo XX. Su técnica no igualaba el virtuosismo incandescente de Dizzy Gillespie, pero ya entonces se percibía en él algo distinto: un lirismo contenido, una preferencia por el color del sonido, por las notas largas, por los silencios con peso propio. Su solo en “Embraceable You” anticipaba una sensibilidad que, pocos años después, transformaría el rumbo del jazz.

Tras sus años junto a Parker, Davis comenzó a sentir que el bebop, con su velocidad extrema y su exuberancia técnica, había alcanzado un punto de saturación. En su autobiografía lo recordaría con claridad: “La mayoría de los músicos tocaban demasiado durante demasiado tiempo… yo oía la música en el registro central, con menos notas.” Aquella intuición sería el germen de un nuevo lenguaje.

En 1949, Davis reunió a un grupo de jóvenes modernistas que admiraban a Parker y Gillespie, pero estaban dispuestos a ralentizar el pulso del bop y a ensanchar sus posibilidades expresivas. Buscaban una música más equilibrada entre escritura e improvisación; una música donde el improvisador dialogara con el arreglo y no simplemente se apoyara en él.

El resultado sería una sonoridad fresca: melodías suaves, armonías densas pero controladas, ritmos insinuantes y una preferencia marcada por el registro medio. Era una apuesta estética que rechazaba el virtuosismo como fin en sí mismo y que recuperaba la herencia de las grandes orquestas —sobre todo la de Duke Ellington—, pero filtrada por oídos atentos a la música de cámara europea.

El auténtico cerebro organizador de ese movimiento fue un canadiense silencioso y brillante llamado Gil Evans. Desde un pequeño sótano en la calle 55 Oeste, su famoso “Gil’s Pad”, emergió una usina de ideas que reunía a jóvenes músicos deseosos de repensar el jazz moderno. Evans no tocaba en el noneto, pero su oído visionario fue crucial para definir el color del nuevo estilo.

Su experiencia en la orquesta de Claude Thornhill —donde había explorado armonías envolventes, texturas camerísticas y combinaciones tímbricas poco usuales como tuba, trompa, flauta o clarinete bajo— se integró a la perfección con la búsqueda de Davis. El noneto adoptó esa paleta y la llevó a un terreno aún más experimental, donde cada composición exigía una interacción precisa entre escritura y espontaneidad.

El Miles Davis Nonet, formado en 1949, fue un conjunto tan inconformista como su música. Allí convivieron músicos negros y blancos, jóvenes promesas y arreglistas experimentados, intérpretes formados en big bands y otros provenientes del arco clásico. Entre ellos se encontraban nombres que luego serían pilares del jazz moderno: Gerry Mulligan, Lee Konitz, John Lewis, J. J. Johnson, Kenny Clarke, Max Roach.

Su sonido evitaba los extremos: prefería las dinámicas moderadas, las líneas melódicas depuradas y una textura colectiva donde las improvisaciones parecían suspenderse dentro del arreglo, sin dominarlo ni romperlo. En un momento histórico marcado por tensiones raciales y estilísticas, el noneto creó un espacio de colaboración interracial y de apertura estética pocas veces visto.

Paradójicamente, el noneto tuvo una recepción tibia. Entre 1949 y 1950 grabó doce piezas en tres sesiones; una parte mínima se publicó entonces, sin mayor repercusión. El único período estable de actuaciones fue un breve ciclo en el Royal Roost, anunciado —algo inédito— con un cartel que resaltaba los nombres de los arreglistas: “Arreglos de Mulligan, Evans y Lewis”.

Recién en 1954, cuando Capitol recopiló aquellas grabaciones bajo el título Birth of the Cool, su importancia histórica comenzó a ser reconocida. La crítica entendió que allí estaba la semilla de una nueva sensibilidad: un jazz introspectivo, económico, atento al detalle tímbrico, que influiría en la escena de la Costa Oeste y que redefiniría buena parte del modern jazz de la década siguiente.

Hoy, Birth of the Cool no solo marca el inicio de una etapa fundamental en la carrera de Miles Davis, sino también uno de los momentos más creativos en la historia del jazz. Fue una revolución silenciosa: lejos del estruendo del bebop, el noneto apostó por la belleza contenida, por el equilibrio entre composición e improvisación, por un uso consciente del espacio musical.

Ese ideal —la búsqueda de una voz propia a través de la economía y la claridad— acompañaría a Davis durante toda su vida. Y, quizás sin proponérselo, dejó una lección que todavía resuena: a veces, la innovación nace no de sumar más, sino de escuchar mejor y tocar menos.

Por Marcelo Bettoni

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