En las plantaciones del sur de los Estados Unidos, cuando los tambores africanos fueron prohibidos por miedo a que transmitieran mensajes secretos de rebelión, los cuerpos de los esclavos se convirtieron en los nuevos instrumentos. Golpear los muslos, el pecho o las palmas fue una forma de comunicarse, de mantener viva la memoria rítmica africana y de afirmar una humanidad que el sistema esclavista intentaba suprimir. Así nació la Juba Dance, también conocida como Pattin’ Juba o Hambone, una de las expresiones más profundas y simbólicas del legado africano en América.

Desde el siglo XVIII, los dueños de las plantaciones comenzaron a prohibir el uso de tambores, especialmente después de rebeliones como la de Stono (Carolina del Sur, 1739). Temían que el ritmo fuera un código secreto, una forma de comunicación entre los esclavos de distintas fincas. Y lo era. El tambor africano no era solo un instrumento: era un lenguaje.

Privados de esa voz, los africanos esclavizados encontraron otra: el propio cuerpo. De ese gesto —golpear los muslos, palmas, pecho y pies en patrones polirrítmicos— nació la Juba. Era una forma de decir “seguimos aquí”.

La Juba era más que danza: era ritmo sin instrumentos, música sin libertad, y al mismo tiempo una celebración de la vida. En los patios de las cabañas o durante las reuniones nocturnas conocidas como “frolics”, los cuerpos se volvían tambores vivos.

Las descripciones de la época mencionan un círculo de participantes que marcaban el pulso con palmas y gritos, mientras en el centro un bailarín improvisaba movimientos complejos. Había una estructura de call and response, ese diálogo ancestral entre quien lidera y quien responde, que luego se transformaría en un principio estructural del blues y del jazz.

Cada paso tenía nombre: Jubal Jew, Pigeon Wing, Blow That Candle Out, Long Dog Scratch. Algunos incluían saltos, giros, y el característico “pattin’”—golpes rítmicos con manos y pies. Era una danza de desafío y comunión: un espacio donde el talento individual brillaba, pero siempre dentro del pulso colectivo.

La Juba fue también una forma de resistencia cultural. Mientras las instituciones coloniales buscaban borrar las lenguas, religiones y músicas africanas, los esclavos transformaron su memoria corporal en un archivo vivo. El ritmo se escondió en los movimientos, en la piel, en la respiración.

En este sentido, la Juba fue una estrategia de supervivencia estética: el cuerpo guardaba lo que el mundo intentaba silenciar. La percusión corporal sustituyó al tambor prohibido, pero sin perder su función original: unir, comunicar, convocar.

Muchos de esos patrones rítmicos provienen de la región del Congo y Angola. Allí, danzas como la ngoma o la kikongo combinaban canto, percusión y movimiento, en un mismo acto ritual. La Juba trasladó ese modelo a un nuevo contexto: el de la plantación americana, donde la espiritualidad africana se fundió con la brutalidad del trabajo forzado.

A lo largo del siglo XIX, la Juba se expandió. Algunos hombres libres afroamericanos comenzaron a incorporarla en espectáculos públicos, especialmente en los llamados minstrel shows. El más célebre fue William Henry Lane, conocido como Master Juba, considerado el primer bailarín profesional afroamericano.

Lane llevó la energía de la Juba a los teatros de Nueva York y Londres, donde asombró a públicos blancos con una técnica vertiginosa: zapateo, giros, golpes corporales y una polirritmia que anticipaba el tap dance.

Así, la Juba cruzó un nuevo umbral: pasó de ser una danza clandestina de esclavos a una forma de arte escénico. Pero su esencia —el ritmo del cuerpo como símbolo de libertad— permaneció intacta.

El pulso de la Juba no desapareció: evolucionó. Sus patrones de llamada y respuesta, su énfasis en la improvisación, su relación entre ritmo y comunidad, reaparecen en múltiples expresiones de la música afroamericana.

El blues heredó su estructura dialogada y su sentimiento colectivo.
El ragtime y el stride piano transformaron sus acentos en estructuras sincopadas.
Y el jazz, finalmente, asumió su espíritu: la idea de que el ritmo nace del cuerpo, de la interacción, de la libertad.

Florence Price, una de las grandes compositoras afroamericanas del siglo XX, tituló “Juba Dance” el tercer movimiento de su Sinfonía N°1 (1931). Allí, el ritmo se vuelve sinfónico, pero conserva su raíz popular. Price convierte en orquesta lo que antes fue percusión corporal: el eco de los cuerpos esclavizados resuena ahora en los timbales, en los metales, en la danza orquestal.

La Juba es un ejemplo perfecto de cómo la opresión puede generar creatividad. Su historia condensa uno de los rasgos más potentes de la cultura afroamericana: la capacidad de transformar la adversidad en arte.

El gesto de golpear el cuerpo, de usarlo como tambor, anticipa la libertad rítmica que más tarde definiría al jazz. En ambos casos, el cuerpo se convierte en el instrumento de la emancipación.

Si el jazz es —como decía Ted Gioia— la música que hace audible la libertad, la Juba fue su primer latido: una libertad encarnada, rítmica, comunal.

Hoy, la Juba sobrevive en prácticas como el hambone, el step universitario afroamericano y la danza body percussion contemporánea. En cada una de ellas vibra la misma idea: el cuerpo como fuente de ritmo y memoria.

La Juba, nacida en el silencio impuesto, convirtió ese silencio en sonido. No necesitó instrumentos para hacer música, ni permiso para celebrar la vida. Su mensaje sigue siendo actual: mientras haya ritmo, habrá resistencia. Escuchar el jazz, entonces, es también escuchar aquel eco lejano: los cuerpos que golpean la tierra buscando libertad.
Porque antes del swing, antes del bebop, antes del solo improvisado, hubo un latido: el de la Juba, la primera danza americana.

Por Marcelo Bettoni

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