
El bebop nació en Harlem y encontró su epicentro en la calle 52 de Nueva York, pero su eco resonó con fuerza ,en la costa oeste de los Estados Unidos. En pleno auge de la Segunda Guerra Mundial, Los Ángeles se convirtió en un laboratorio paralelo de modernidad, donde el jazz adquirió una identidad propia.
Desde los primeros años del siglo XX, California había formado parte del mapa jazzístico norteamericano. El vodevil y las giras de las orquestas itinerantes habían llevado a la costa oeste el sonido nacido en Nueva Orleans. Muchos músicos de esa ciudad, entre ellos Kid Ory, se establecieron en Los Ángeles atraídos por las oportunidades del naciente mundo del espectáculo.
Fue precisamente en Los Ángeles donde, en 1922, la banda de Ory realizó la primera grabación conocida de un conjunto de jazz integrado por músicos negros, publicada por el sello Sunshine Records. Este hecho, anterior incluso a las grabaciones de King Oliver en Chicago, convirtió a la ciudad en un punto de referencia histórico dentro de la cronología temprana del jazz.
El eje de la vida afroamericana y musical en Los Ángeles se concentraba en Central Avenue, una larga arteria que descendía desde el centro de la ciudad hasta el barrio de Watts, donde se encontraba la mayor concentración de población negra.
Durante la Gran Migración, miles de afroamericanos del sur del país se trasladaron a California buscando trabajo en la floreciente industria cinematográfica y, más tarde, en los astilleros y fábricas de defensa durante la guerra. Sin embargo, también allí los alcanzaron las sombras del racismo: los “convenios de vivienda” prohibían a los blancos vender sus casas a personas de otras razas, confinando a la comunidad negra en un corredor urbano angosto y denso. Los propios músicos bautizaron irónicamente a la ciudad como “Mississippi con palmeras”.
Pese a la segregación, Central Avenue floreció como un centro cultural vibrante. En sus clubes, cafés y salones se mezclaban blues, rhythm and blues, comedia, danza y jazz, conformando una escena nocturna intensa y diversa.
A mediados de los años cuarenta, con el final de la guerra cerca y una nueva generación de músicos ávidos de innovación, Central Avenue se convirtió en un espacio fértil para el bebop.
En 1945, la llegada de figuras como Coleman Hawkins, Dizzy Gillespie y Charlie Parker encendió la chispa. También actuaban allí el trompetista Howard McGhee —una figura clave en la difusión del bop en la costa oeste— y el joven saxofonista Dexter Gordon, que se transformaría en uno de los primeros exponentes del jazz moderno .
La efervescencia musical alcanzó su punto álgido en clubes emblemáticos como el Down Beat, el Club Alabam y el Finale Club, donde el público negro y latino convivía con soldados, artistas y curiosos atraídos por el nuevo lenguaje sonoro.
Central Avenue fue más que una zona de clubes: fue un microcosmos de libertad creativa en una ciudad marcada por las restricciones raciales. Músicos, empresarios, bailarines y activistas comunitarios contribuyeron a forjar una identidad cultural propia.
Aunque la escena empezó a declinar a fines de los años cincuenta —debido a la reurbanización del área y al desplazamiento de la comunidad negra hacia otros barrios—, su legado perdura. El espíritu de Central Avenue puede rastrearse en el surgimiento posterior del West Coast jazz, en la apertura estética de músicos como Art Pepper, Hampton Hawes o Chet Baker, y en la persistente energía de la comunidad afroamericana de Los Ángeles.
Hoy, el Central Avenue Jazz Festival, celebrado cada año en Watts, recuerda aquella edad dorada en la que el jazz moderno encontró en el Pacífico un nuevo horizonte.
Fuentes
Gioia, Ted. West Coast Jazz: Modern Jazz in California, 1945–1960. Oxford University Press, 1992.
Shipton, Alyn. A New History of Jazz. Continuum, 2001.
Los Angeles Public Library: Central Avenue Sounds Oral History Project.
UCLA Center for Oral History Research.