En los años veinte, Paul Whiteman fue un nombre imposible de ignorar. Su popularidad era tal que competía con figuras de la talla de Charlie Chaplin o Mickey Mouse. Director de orquesta, corpulento y carismático, supo conquistar tanto al público masivo como a la prensa, que lo proclamó “Rey del Jazz”.

Pero Whiteman no era simplemente un animador de salones de baile: su figura encarnaba un debate cultural profundo. ¿El jazz debía mantenerse como una música popular e improvisada, nacida de las comunidades afroamericanas, o debía “elevarse” a la categoría de arte culto mediante la orquesta y los arreglos sinfónicos?

Nacido en Denver en 1890, Whiteman fue hijo de un profesor de música que despreciaba el jazz. Aprendió viola y comenzó en la Orquesta Sinfónica local antes de mudarse a San Francisco y, luego, a Nueva York. Allí organizó su primera banda de baile en 1919, con la que triunfó en clubes de moda.

Su consagración llegó en 1920, cuando la discográfica Victor lanzó Whispering y Japanese Sandman. Ambos discos vendieron más de un millón de copias, una cifra colosal para la época. Con el arreglador Ferde Grofé, Whiteman amplió la instrumentación hasta crear un sonido más rico y flexible que el de las bandas de baile tradicionales.

El 12 de febrero de 1924, Whiteman organizó un concierto en el Aeolian Hall que pasaría a la historia: An Experiment in Modern Music. Su objetivo era claro: demostrar que el jazz podía transformarse en música artística, digna de los escenarios prestigiosos.

El programa abrió con una versión caricaturesca de Livery Stable Blues, que presentaba al jazz como un entretenimiento rudimentario. Pero el gran impacto llegó con el estreno de Rhapsody in Blue, de George Gershwin, con el propio compositor al piano. Fue un éxito rotundo. La prensa lo celebró como un “nuevo clasicismo” estadounidense.

Ese día, Whiteman fue coronado como el “Rey del Jazz”. Aunque en realidad, lo que ofreció fue un híbrido: una fusión de elementos afroamericanos con la tradición sinfónica europea.

Whiteman entendió que necesitaba rodearse de grandes músicos. Aunque no pudo integrar a instrumentistas negros —la segregación lo impedía—, colaboró con arreglistas afroamericanos como William Grant Still e intercambió partituras con Fletcher Henderson.

Incorporó a figuras legendarias: Bix Beiderbecke en corneta, Eddie Lang en guitarra, Frank Trumbauer en saxofón. También revolucionó el lugar del cantante al contratar a Bing Crosby como vocalista permanente, algo inédito en las orquestas de la época. Crosby, inspirado en Louis Armstrong, llevó el fraseo jazzístico a las baladas románticas y se convirtió en el cantante más popular de la primera mitad del siglo XX.

Un ejemplo emblemático del sonido Whiteman es Changes (1927), con arreglo de Bill Challis. Allí conviven cuerdas sinfónicas, coros vocales, y un solo vibrante de Bix Beiderbecke.

El título no era casual: reflejaba los “cambios” en la música y en la sociedad. Ese mismo año, Charles Lindbergh cruzaba el Atlántico en avión, Babe Ruth bateaba récords de home runs y Hollywood estrenaba películas sonoras. El jazz, como la sociedad estadounidense, vivía en permanente transformación.

El papel de Paul Whiteman sigue siendo polémico. Su popularidad ayudó a dar visibilidad a la música estadounidense, pero su consagración como “Rey del Jazz” también refleja los límites y prejuicios de la época: mientras él llenaba auditorios, músicos afroamericanos como Armstrong o Henderson enfrentaban la discriminación y no eran invitados a esos escenarios.

En este sentido, su legado es doble: fue un pionero en la difusión del jazz, pero también un símbolo de cómo la música afroamericana fue “blanqueada” para hacerla aceptable al público mayoritario.

Décadas después, la Tercera Corriente de Gunther Schuller retomaría esa idea de unir jazz y música clásica. Hoy, los festivales, escuelas y auditorios reproducen ese dilema entre la institucionalización y la frescura popular del género.

El jazz, más que una música, es un campo de tensiones. Lo que muestra Whiteman es que cada intento de “elevarlo” implica también discutir quién tiene el poder de definir qué es y qué no es jazz.

Paul Whiteman, con sus aciertos y controversias, fue protagonista de un momento clave en la historia del jazz. Su “jazz sinfónico” no logró imponerse como estilo duradero, pero abrió debates que siguen vivos un siglo después. Porque si algo enseña la historia de esta música es que el jazz nunca deja de transformarse. Por Marcelo Bettoni

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