
Cuando éramos niños, la música no pedía permiso. Bastaba una olla, una cuerda, un viento leve entre las ramas. Los instrumentos no eran solo objetos: eran amigos, cómplices, pasaportes a mundos invisibles. Había magia en cada nota y cada sonido era una posibilidad.
Pero a veces, en el camino hacia la adultez, dejamos caer los sueños como hojas secas. El deseo de tocar, de imaginar, de crear, se va apagando en medio de rutinas, miedos y silencios impuestos. Perdemos la inocencia con la que acariciábamos un instrumento, como si fuera una extensión de nuestra alma.
Y es entonces cuando perdemos también la música. Porque la música no vive solo en partituras o en técnicas depuradas. Vive en la ternura del asombro, en el fuego del anhelo, en la capacidad de jugar y emocionarnos como cuando éramos niños. Sin eso, lo que queda es solo sonido sin espíritu, forma sin vuelo.
Volver a los sueños de la infancia no es un acto nostálgico. Es un acto de resistencia. Es recuperar lo más puro de nuestro vínculo con la música y con nosotros mismos.
Por Marcelo Bettoni